Coral Herrera Gómez plantea que lo normal, la normalidad, lo normativo, son conceptos que hemos creado para tratar de definir el conjunto de normas que regulan nuestra convivencia, el comportamiento de las mayorías. En nuestro país y estado tenemos un sinnúmero de convenciones, protocolos internacionales, leyes nacionales y locales que establecen lo que no está permitido en las relaciones humanas, es decir, especifican cómo deben ser nuestras conductas, con el fin evitar que se dañe la dignidad y el ejercicio de los derechos de los hombres, mujeres y pueblos. Esto debería ser asumido por los funcionarios públicos y la sociedad en general.

Por otra parte, de manera paralela y hasta contradictoria, se ha ido estableciendo como normal que las personas sean tratadas como cosas o mercancías; que la sociedad y las autoridades sean indiferentes y consideren casi imposible erradicar esta situación. En esta contradicción se han desarrollado las relaciones violentas de los hombres hacia las mujeres, la cual se expresa en los siguientes datos: la Red Nacional de Refugios recibía desde el 20 de marzo del presente año “alrededor de 100 llamadas y 250 mensajes diarios” de mujeres pidiendo apoyo por casos de violencia, diariamente se asesinan a 10 mujeres en nuestro país y son embarazadas 34 niñas al día por violación. En nuestro estado, el Centro de Justicia para las Mujeres recibe 50 solicitudes de apoyo de mujeres que viven violencia al mes, operan lugares donde se obligan a prostituir a mujeres y niñas, el gobierno del estado de Tlaxcala reportó en enero y febrero un total de 84 llamadas por violencia de pareja y 574 incidentes de violencia familiar al Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública.

Los números arriba señalados nos muestran la contradicción entre lo que establecen las leyes y lo que viven las mujeres y niñas, la diferencia entre la norma y las relaciones de violencia que se han normalizado, pero ¿por qué está incoherencia? Michel Foucault afirmaba que el poder designa relaciones entre sujetos, que, de algún modo, conforman una asociación o grupo; y para ejercerlo, se emplean técnicas de amaestramiento, procedimientos de dominación y sistemas para obtener la obediencia. Como sociedad, aún falta tomar conciencia de las formas en las que se ha aprendido a imponer y obedecer las reglas patriarcales por encima de las leyes y lo que significa una vida digna para las mujeres y niñas, por ejemplo, considerar que las mujeres deben estar al servicio sexual de los hombres, porque consideran que “es una necesidad”, es algo normal. Así también, socialmente necesitamos cuestionarnos lo que consideramos normal en las relaciones entre hombres y mujeres, tener claro a quiénes favorecen y a quiénes violenta.

Rita Segato dice que la “…pedagogía de la crueldad es indispensable para la fase actual del capital, que depende como nunca de la falta de empatía, es decir, de la insensibilidad con relación a lo que sufre el prójimo. Una contrapedagogía de la crueldad es una pedagogía de la vincularidad, que coloca al arraigo local y comunitario en el centro de la vida. Ese arraigo es, por excelencia, disfuncional al proyecto histórico del capital.” La pedagogía que nos plantea Rita Segato nos hace reconocer que muchas mujeres, ante la poca efectividad de las autoridades en asumir su responsabilidad, se han liberado de las redes de la violencia, no gracias al Estado sino a los vínculos afectivos con los que cuenta en sus comunidades, su familia, vecinos, amistades y demás relaciones que se tejen. El actual confinamiento en nuestros hogares generado por la pandemia del Covid–19 se da en un contexto con incidencia de trata y violencia hacia mujeres y niñas en nuestro estado, como ejemplo del nivel de violencia en que vivimos, representados en los 14 mil 167 casos de violencia hacia la mujer dado a conocer por la Banavim. Ante la debilidad del Estado y ante el actual confinamiento de muchas familias, se hace necesario fortalecer nuestros vínculos afectivos, de apoyo y de relación comunitaria para el bien de toda persona, principalmente las mujeres y niñas.

Es una Asociación Civil sin fines de lucro. Surge en el año 2002 a petición de las comunidades congregadas en la Pastoral Social, ahora Pastoral de Derechos Humanos, a partir de los resultados del diagnóstico que realizaron sobre la situación de violaciones de derechos humanos en el Estado de Tlaxcala.

El Centro Fray Julián Garcés